martes, 14 de octubre de 2008

TIPON(la piedra que hierve)

Al sur del Cusco, en lo que fueron terrenos de la hacienda Quispicanchi se alzan las ruinas de Tipón. Se trata de un complejo arquitectónico amurallado, cuyas paredes encierran edificios de lo que pudo ser un pequeño centro administrativo; hay también evidencias de habitaciones rústicas para quienes trabajaban la tierra. Pero lo más destacable es el magnífico sistema de andenes, donde la productividad y el ritual debieron tener un encuentro armónico.

Lo que hoy queda visible al espectador, tiene como referencia inmediata una gran roca de más de dos metros de alto que se ubica en el cerro que domina el lugar y que tiene petroglifos. Una figura que se repite con frecuencia es la del espiral, que se suele asociar con la serpiente. Desde Tipón también pueden verse las ruinas de Pitupuccyo, que ha sido interpretado como el asentamiento residencial donde vivieron los nobles que gobernaban el valle, aunque naturalmente esto queda sujeto a investigaciones más cuidadosas. Ceramios recogidos en la superficie nos confirman el carácter incaico de este centro cultural, ya evidente en las puertas de tipo trapezoidal, cuyas techumbres, presumiblemente de paja, son a dos aguas.








Si volvemos los ojos al sistema de terrazas, es interesante observar el recorrido de las aguas. En su zona central, bajan con fuerza recorriendo a través de canales en los costados de los andenes. Cuando era necesario, se abrían acequias que desviaban el fluir de los cursos de agua para irrigar la superficie de las terrazas. Lo notable es que en su origen el agua fluye de un pukio o manantial, lo que da sentido al nombre de la ciudad de Pitupuccyo y sorprende por el volumen de líquido que fluye en las profundidades de la tierra.

Si el visitante se aproxima al manantial, no podrá dejar de extrañarse por lo pequeño de sus dimensiones y por la paz que transmite su lento brotar. Pero no nos engañemos, la tradición hace derivar el nombre del complejo Tipón del verbo timpuy (hervir) que evoca el carácter viviente de las aguas en su incesante transcurrir. En el antiguo Perú, la serpiente estaba asociada a los cursos de agua y a las interioridades de la tierra. No es extraño, entonces, que su diseño aparezca grabado en la piedra o wanka sagrada que está ubicada en la mayor elevación de la localidad.




Los pukios o manantiales son los lugares de encuentro entre nuestro mundo o kay pacha y el mundo interior o uku pacha. Por su carácter liminal o de umbral los manantiales se caracterizan por ser escenario de situaciones extraordinarias o de milagros, si nos situamos en una perspectiva cristiana. A los pukios se llevan los instrumentos musicales para que tengan un mejor sonido, y del hervir o brotar de sus aguas y burbujas se alimentan las composiciones musicales. Por todo esto, Tipón ya habría ganado un espacio en el complejo panteón de los andinos, pero hay más. En una tradición recogida por el viejo maestro don Luis A. Pardo se recuerda que el lugar fue refugio del padre del Inka Pachacuti, cuando la invasión de los míticos Chankas amenazaba con destruir el naciente reino cusqueño. El anciano monarca habría dejado desamparado al jóven Inka Yupanki (que luego adoptó el nombre de Pachacuti) y se escondió en Tipón como último bastión de su gobierno. No contaba con la visión que alertaría a su heredero y la ayuda sobrenatural que le prestaría al dios sol para salvar al Cusco. El lugar quedó luego en manos de alguna de las familias poderosas (panakas) de la nobleza inkaika, cuya grandeza se extinguió con la llegada de las huestes de Pizarro.
Pero nada podrá destruir el fluir de las aguas de Tipón. A su paso las piedras parecen hervir con el aliento de las profundidades de la tierra.



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